Robin Hood

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Robín se estremeció creyéndose culpable de la muerte del barón. ¿Acaso no era la herida del caballo la causa?

—¡Virgen santa, otórganos la gracia de que sólo esté desvanecido!

Y diciendo estas palabras, el joven arquero se arrodilló junto al anciano, mientras que Christabel, llena de dolor y arrepentimiento, gemía desconsoladamente. Una pequeña herida en la frente del barón dejaba filtrar algunas gotas de sangre.

—¿Habrá peleado con un lobo? ¡Ah! ¡Estranguló al lobo! —gritó alegremente Robín—, y sólo está desvanecido. ¡Milady, milady, creedme, el señor barón sólo tiene un rasguño; milady, levantaos! ¡Oh desdicha! ¡También ella se ha desvanecido! ¡Dios mío! ¿Qué voy a hacer? No puedo dejarla así…, ¡y el viejo león se despierta, que mueve los brazos, que ya resuella! Es para volverse loco: ¡Milady, contestadme! Está tan insensible como ese tronco de árbol. ¿No tendré en los brazos y los riñones la fuerza que siento en el corazón? Me la llevaría de aquí como una nodriza lleva a un niño.

Y Robín intentó levantar a Christabel.


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