Robin Hood

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Al volver en sí, el pensamiento del barón no recayó sobre su hija, sino sobre el lobo, el único y último ser vivo que vio antes de cerrar los ojos; así pues estiró el brazo para coger al animal, al que imaginaba ocupado en devorarle una pierna o un muslo, aunque no sentía ningún dolor por las mordeduras, y agarró el vestido de su hija jurando defender su vida hasta el final.

—¡Vil monstruo! —decía el barón al lobo tendido a pocos pasos de él—, ¡monstruo hambriento de mi carne, excitado por mi sangre! todavía hay fuerza en mis viejos miembros, vas a verlo… ¡Oh! saca la lengua, le estrangulo… aquí todos los lobos de Sherwood, ¡venid aquí!… ¡Oh! otro, ¡otro más! ¡Estoy perdido! ¡Dios mío, ten piedad de mí! «Pater noster qui est in»…

«¡Está loco, completamente loco!» pensaba Robín colocado ante el dilema de cumplir un deber y salvar su seguridad personal; si huía, abandonaría a la que había jurado llevar con Allan; si se quedaba, los aullidos del loco podían atraer a los hombres que registraban el bosque.




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