Robin Hood

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Felizmente el acceso del barón se pasó y, con los ojos cerrados, comprendió que ningún diente de bestia feroz alguna desgarraba sus miembros, y quiso levantarse: pero Robín, de rodillas detrás de él, presionó fuertemente sobre sus hombros, haciendo el papel, por así decirlo, de un extremo cansancio sobre el hombre ahora sólidamente tendido en el suelo.

—¡Por san Benito! —murmuraba el lord—, siento sobre mis hombros un peso de cien mil libras…

—«Domine exaudi orationem meam» —prosiguió Fitz-Alwine dándose golpes de pecho; luego se puso a lanzar agudos gritos. Pero estos gritos no convenían a Robín, eran demasiado peligrosos para la seguridad de los fugitivos, y el joven, no sabiendo cómo interrumpirlos, dijo brutalmente:

—¡Callaos!

Al oír esta voz humana, el barón abrió los ojos, y cuál no fue su sorpresa al reconocer, junto a la suya, la cara de Robín Hood, y, junto a él, tendida en el suelo, su hija desvanecida.

Esta aparición barrió la locura, la fiebre y el anonadamiento del irascible lord, y, como si fuese dueño de la situación como lo sería en su castillo y rodeado por sus soldados, gritó triunfante:

—¡Por fin te tengo, joven bulldog!


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