Robin Hood

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—¡Callaos! —replicó enérgicamente Robín—; ¡callaos! Nada de amenazas ni chillidos, están fuera de lugar, y soy yo quien os tiene.

Y Robín continuó apoyándose con todas sus fuerzas en los hombros del barón.

—Verdaderamente —dijo Fitz-Alwine, al que no costó trabajo desembarazarse de la presión del adolescente—, verdaderamente enseñas los dientes, cachorro de perro.

Christabel continuaba desvanecida, y parecía un cadáver entre los dos hombres, pues Robín había dado algunos pasos hacia atrás y colocaba una flecha en su arco.

—¡Un paso más, milord, y sois hombre muerto! —dijo el muchacho apuntando a la cabeza del barón.

—¡Oh! —exclamó Fitz-Alwine retrocediendo lentamente para situarse tras un árbol— ¿serías tan cobarde como para asesinar a un hombre indefenso?

Robín sonrió.

—Milord —dijo sin dejar de apuntar a la cabeza—, proseguid vuestro movimiento de retirada; bien, ya estáis protegido por el árbol. Ahora, atención a lo que os voy a ordenar, o mejor, a rogaros que hagáis; ¡atención! no asoméis ni vuestra nariz ni un solo cabello de vuestra cabeza, ni a la izquierda ni a la derecha, de lo contrario… ¡sois hombre muerto!


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