Robin Hood
Robin Hood Sin hacer caso de estas recomendaciones, el barón escondido tras el árbol, sacó el dedo Ãndice y amenazó al joven arquero, pero se arrepintió, pues el dedo fue alcanzado por una flecha.
—¡Asesino! ¡Miserable bribón! ¡Vampiro! ¡Vasallo! —aulló el herido.
—Silencio barón, o tiro a la cabeza, ¿oÃs?
Fitz-Alwine, apoyado contra el árbol, vomitaba en voz baja torrentes de maldiciones, pero se escondÃa cuidadosamente, pues imaginaba a RobÃn al acecho a pocos pasos de allÃ, con el arco tensado y apuntando la flecha, espiando el menor de sus gestos fuera de la perpendicular del tronco.
Pero RobÃn se volvÃa a colocar el arco en bandolera, se echaba a Christabel suavemente sobre sus hombros y desaparecÃa por la espesura.
En aquel preciso momento, el ruido de unos caballos sonó en el bosque, y aparecieron cuatro jinetes frente al árbol que servÃa de pantalla al desdichado barón.
—¡A mÃ, bribones! —gritó aquel, pues los jinetes no eran otros que los que le habÃan acompañado y que se habÃan distanciado durante el desbocamiento del caballo—. ¡A mÃ! ¡Coged al descreÃdo que quiere asesinarme y llevarse a mi hija!
Los soldados no comprendieron la orden en absoluto, pues no veÃan por los alrededores ni bandido ni mujer raptada.