Robin Hood

Robin Hood

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—¡Allá, allá! ¿no le veis huyendo? —prosiguió el barón refugiándose entre las piernas de los caballos—; mirad, desaparece tras aquel macizo.

En efecto, Robín no tenía aún el suficiente vigor como para llevar con rapidez el peso de una mujer, y sólo le separaban de sus enemigos unos pocos centenares de pasos.

Los jinetes se lanzaron hacia él, pero los gritos del barón alertaron a Robín, que comprendió inmediatamente que su salvación no estaba en la huida.

Dando media vuelta, puso una rodilla en tierra, apoyó a Christabel sobre la otra pierna y, apuntando de nuevo a Fitz-Alwine, exclamó:

—¡Alto! ¡Por el cielo que si dais un paso más, vuestro señor es hombre muerto!

Aún no había terminado de decir estas palabras, y ya el barón estaba escondido tras el árbol que le servía de protección, pero seguía gritando:

—¡Cogedle, matadle! ¡Me ha herido!… ¿Dudáis? ¡Cobardes! ¡Mercenarios!

El aplomo del intrépido arquero intimidaba a los soldados.

Sin embargo uno de ellos se atrevió a reírse de ese temor.

—El gallito canta bien —dijo—, pero da lo mismo ¡veréis como le hago humillarse.

Y el soldado da unos pasos hacia Robín.


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