Robin Hood
Robin Hood —¡Muere pues! —gritó RobÃn.
Y el hombre cayó con el pecho atravesado por una flecha.
Únicamente el barón llevaba cota de mallas; sus soldados iban equipados como para una cacerÃa.
—¡Perros, caed sobre él! —vociferaba continuamente Fitz-Alwine—. ¡Cobardes, cobardes! ¡Un rasguño les asusta!
—¿Llama a eso Su SeñorÃa un rasguño? —murmuró uno de los tres soldados, poco conforme con seguir la suerte de su compañero.
—Ahà nos llegan refuerzos —gritó otro soldado irguiéndose para ver mejor a lo lejos—. ¡Pardiez, es Lambic!
Efectivamente; Lambic y su escolta llegaban a todo galope.
Estaba el sargento tan alegre y al mismo tiempo tenÃa tanta prisa por comunicar al barón el éxito de su expedición, que no vio a RobÃn y gritó desaforadamente:
—No hemos encontrado a los fugitivos, señor, pero hemos quemado la casa.
—Bien, bien —contestó Fitz-Alwine con impaciencia—; pero mira a ese osezno, estos cobardes no se atreven a ponerle el bozal.