Robin Hood
Robin Hood —¡Oh! —exclamó Lambic al reconocer al demonio de la antorcha y riéndose con desprecio—, ¡oh!, potrillo salvaje. ¡Por fin te voy a poner la brida! ¿SabÃas, mi hermoso indomable, que vengo de tu cuadra? ¿CreÃa que te encontrarÃa allÃ, pero he quedado decepcionado: habrÃas podido ver un magnÃfico fuego y podrÃas haber bailado, junto con mamá, una jiga en medio de las llamas. Pero consuélate; como no estabas allÃ, quise ahorrar sufrimientos inútiles a la pobre vieja y antes le clave una flecha en…
Lambic no terminó: un grito ronco salió de sus labios, y, soltando la brida del caballo, cayó… una flecha acababa de atravesarle la garganta.
Un indecible terror dejó clavados en sus sitios a los testigos de esta venganza. Aprovechándolo, RobÃn, a pesar del desasosiego que le causaban las últimas palabras de Lambic, echándose a Christabel al hombro, desapareció en la espesura.
—¡Corred, corred! —repetÃa el barón en el paroxismo de la rabia—; ¡corred, bribones! ¡Si no le cogéis, todos seréis ahorcados!