Robin Hood
Robin Hood —¡Oh! Es RobÃn, el desvergonzado RobÃn Hood quien canta. Ven aquÃ, hijo mÃo. ¿De modo que te atreves a disparar contra tu padre? ¡Por san Dunstand, creà que los «outlaws» querÃan mi piel! ¡Oh! ¡Eres un mal muchacho! ¡Tomar por blanco mi cabeza gris! ¡Ah! ¡Vaya —añadió el buen anciano—, vaya, qué travieso!
Un joven que parecÃa tener veinte años, aunque en realidad no tuviera más que dieciséis, se detuvo ante el viejo campesino, en quien sin duda ya habrán reconocido al buen Gilbert Head del primer capÃtulo de nuestra historia.
Aquel joven sonreÃa teniendo respetuosamente en la mano su sombrero verde, adornado con una pluma de garza. Una masa de cabellos negros ligeramente ondulados coronaban una frente ancha más blanca que el marfil. Los párpados, replegados sobre sà mismos, dejaban brotar los fulgores de dos pupilas de un azul oscuro, cuya luz se velaba bajo la franja de las largas pestañas que proyectaban su sombra hasta sus mejillas rosadas.
El aire seco habÃa tostado aquella noble fisonomÃa pero la satinada blancura de la piel reaparecÃa en el nacimiento del cuello y por debajo de los puños.