Robin Hood

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—¡Y pensar que es alumno mío! Sí, he sido yo, Gilbert Head, quien primero le enseñó a manejar un arco y a disparar una flecha. El alumno es digno del maestro y, si continúa, no habrá tirador más diestro en todo el condado, ni siquiera en toda Inglaterra.

—Que mi brazo derecho pierda su fuerza, que ni una sola de mis flechas alcance su blanco si jamás olvido vuestro amor, padre.

—Hijo, ya sabes que no soy tu padre más que de corazón.

—¡Oh! No me habléis de los derechos que sobre mí os faltan, porque si la naturaleza os los ha negado, los habéis adquirido con una entrega y abnegación de quince años.

—Al contrario, vamos a hablar de ello —dijo Gilbert, reemprendiendo su camino a pie y llevando de la brida al pony al que un vigoroso silbido había llamado al orden—, un secreto presentimiento me avisa que nos amenazan próximas desgracias.

—¡Qué idea tan loca, padre!

—Ya eres grande, eres fuerte, y estás lleno de energía, gracias a Dios; pero el porvenir que se abre ante ti no es el que adivinabas cuando siendo pequeño y débil niño, ora malhumorado, ora alegre, crecías sobre las rodillas de Margarita.

—¡Qué importa eso! Sólo deseo una cosa, y es que el porvenir sea como el pasado y el presente.


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