Robin Hood

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Sin haberse dictado sentencia todavía, hubo que buscar un medio pacífico y legal para entrar en posesión de los bienes sin lucha. Este medio fue encontrado por sir Guy, y, siguiendo su consejo, Robín se dirigió directamente a la justicia de Enrique II. Enviada su petición, esperó la respuesta favorable o contraria de Su Real Majestad antes de tomar una nueva determinación.

Transcurrieron seis años, seis años absorbidos por las angustias de un proceso abandonado o puesto nuevamente en marcha según el capricho de los jueces o de los abogados. Devorados por las inquietudes de la espera, estos seis años fueron como un día para los moradores del «hall» de Gamwell.

Robín y Gilbert no habían dejado la hospitalaria casa de sir Guy, pero a pesar del cariño y los cuidados de su hijo, Gilbert, el alegre Gilbert, sólo era ya la sombra de sí mismo.

Margarita se había llevado el alma y la alegría del anciano.

Mariana también formaba parte de los huéspedes de Gamwell. La amable joven, con la frente coronada por las rosas de sus veinte primaveras, estaba aún más encantadora; sólo faltaba a su felicidad la presencia de su hermano. Allan vivía en Francia, y en sus escasas cartas nunca hablaba de un próximo retorno.


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