Robin Hood
Robin Hood Maude había amado y amaba aún a Robín Hood. Pero cuando la pobre muchacha conoció a Mariana, cuando el tiempo y un contacto diario le hicieron ver las cualidades de la hermana de Allan Clare, comprendió la fidelidad de Robín y le perdonó los desdenes de su indiferencia. La buena y sacrificada joven no sólo perdonó, no sólo comprendió su inferioridad, sino que la aceptó, resignándose a jugar su papel de hermana sin segundas intenciones, sin esperanza en el porvenir, pero, eso sí, no sin sufrimiento.
Entre las personas que intentaban distraer a Maude de su dolor, entre los que se mostraban pendientes de ella, se encontraba un encantador muchacho, de carácter vivo y alegre y maneras apresuradas y acariciadoras, que se tomaba más trabajo en distraer a Maude del que se tomaría un anfitrión en divertir a sesenta convidados. Durante todo el día se veía al fiel amigo de Maude ir de la casa a los jardines, de los jardines al campo, del campo al bosque. Este continuo ir y venir, este infatigable ajetreo, no tenía otro fin que el de buscar un objeto precioso o nuevo para dárselo a Maude, no tenía más motivo que el descubrir un placer que ofrecerle, una sorpresa que darle. Este amigo tan tierno, tan alegremente apresurado, no era otro que nuestro viejo conocido, el buen Will Escarlata.