Robin Hood
Robin Hood Al terminar estas doloridas palabras, Mariana hundió la cabeza entre sus blancas manos y lloró amargamente.
—«Mi corazón ya no me pertenece» —repitió Robín estremecido de angustia, al paso que un profundo rubor le hacía comprender que era indiscreto testigo del llanto de la joven…
—Mariana —dijo vivamente Robín adelantándose hasta el centro de la habitación—, ¿me permitís hablar un momento con vos?
Mariana, sobresaltada, dejó escapar una débil exclamación.
—Con gusto, señor —contestó con dulzura.
—Señorita —dijo Robín con los ojos bajos y la voz temblorosa—, acabo de cometer involuntariamente una falta imperdonable. Pido a vuestra extrema indulgencia que escuche mi confesión sin cólera. Llevo en el umbral de la puerta varios minutos, vuestras palabras, tan profundamente tristes, han tenido un auditor.
Mariana enrojeció.
—Oí sin escuchar, señorita —se apresuró a añadir Robín acercándose tímidamente a la joven.
Una dulce sonrisa iluminó los labios de la encantadora lady.