Robin Hood
Robin Hood —Señorita —prosiguió RobÃn animado por esta divina sonrisa—, permitidme contestar a algunas de vuestras palabras. Estáis sin padres, Mariana, alejada de vuestro hermano y casi sola en el mundo. ¿No tiene mi vida los mismos dolores? Como vos, milady, puedo quejarme de mi suerte, puedo llorar como vos, pero no a los ausentes, sino a los que no están. Sin embargo no lloro, porque el porvenir y Dios son mi esperanza.
—Sois bueno, RobÃn —respondió la joven con voz profundamente emocionada.
—Tened pues confianza en mÃ, querida lady. Sobre todo no supongáis que el ofrecimiento de mi corazón, de mi vida, de mis cuidados, lo hago sin reflexionar… Mariana —añadió el joven con voz más expresiva y menos temblorosa—, os diré toda la verdad: os amo desde que nos vimos por primera vez.
Una exclamación en la que se mezclaban la alegrÃa y la sorpresa escapó de los labios de Mariana.
—Si os hago hoy esta confesión —continuó RobÃn con emoción—, si os abro mi corazón cerrado sobre vuestra imagen desde hace seis años, no es con la esperanza de obtener vuestro cariño, sino para que comprendáis mi fidelidad a vuestra querida persona.
Mariana tendió al joven inclinado hacia ella sus dos manos temblorosas.