Robin Hood

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"¡Dios mío! —pensaba Robín—, concédeme el preservar a este hombre de los golpes de mi padre; la dulce criatura que está junto a ti no pide venganza. Concédeme la gracia de mover el corazón de Fitz-Alwine, de enterarme por él de la suerte de Allan Clare, para poder dar un poco de felicidad a la que amo".

Unos minutos antes de la hora fijada para la salida, Robín entró en una habitación que estaba junto a los aposentos de Mariana para despedirse de la joven.

Entreabriendo sin ruido la puerta del cuarto, Robín vio a Mariana apoyada en una ventana y hablando consigo misma, como hacen las personas que viven en una soledad llena de sueños.

Deteniéndose turbado, Robín se quedó en silencio, con el sombrero en la mano, en el umbral de la puerta.

—Santa Madre del Salvador —murmuraba la joven con voz entrecortada—, ayúdame, protégeme, dame fuerzas para soportar la aplastante monotonía de mi existencia. Allan, hermano mío, mi único protector, mi único amigo, ¿por qué me has abandonado? Tus esperanzas de felicidad eran mi única alegría; Christabel y tú érais toda mi vida.

—Soy desgraciada, Allan, muy desgraciada, y, para redondear mi infortunio, una pasión devoradora llena todo mi ser: mi corazón ya no me pertenece.


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