Robin Hood

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Lo único que turbaba la calma de la noche era el grito de un pájaro que se despertaba, el canto melodioso de un ruiseñor, los suspiros de la brisa entre las hojas; pero a estos diversos murmullos pronto vino a unirse un ruido de pasos aún lejano, un ruido casi imperceptible y que sólo el oído de los hombres del bosque podía distinguir de los armoniosos rumores de las plantas, del viento, de la voz de los pájaros y del roce de las hojas.

—Es un hombre a caballo —dijo Robín a media voz—, creo reconocer el paso corto y rápido de un pony de nuestro país.

—Tienes razón —respondió Pequeño Juan en el mismo tono—; el que llega es un amigo o un viajero inofensivo.

—Cuidado a pesar de todo.

—¡Cuidado! —se repitieron los hombres unos a otros.

La persona que excitaba de esta suerte la inquieta curiosidad de la tropa continuaba alegremente su camino; cantaba con fuerte voz una balada compuesta en su honor y sin duda alguna por ella misma.

—¡Maldito seas! —gritó de improviso el cantante dirigiendo a su caballo la amable frase—. ¿Qué pasa, bestia desganada? ¿Cómo es que cuando torrentes de armonía se escapan de mis labios no permaneces silenciosa, arrebatada, encantada?


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