Robin Hood

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Algunos minutos más tarde, una tropa, que no disimulaba su paso, pues los hombres, menos fatigados de lo que había juzgado Tuck, reían, charlaban y cantaban, apareció en la entrada de la bifurcación.

En el mismo momento el caballito de Tuck se salió de la espesura, pasó como una flecha ante su dueño, y galopó deliberadamente por delante de los soldados.

El monje hizo un movimiento para lanzarse tras la desertora.

—¿Estáis loco? —murmuró Pequeño Juan sujetando al monje por el brazo—; un paso más y sois hombre muerto.

—Pero agarrarán a mi pequeño pony —gruñó Tuck.

Tuck salió al camino, y, corriendo hacia los soldados, vio a su yegua caracolear, encabritarse, levantar a su alrededor nubes de polvo y resistir a los esfuerzos de los que querían frenar sus alegres locuras.

Un soldado alcanzó al pony con su lanza, pero el golpe que le dio le fue devuelto con creces por Tuck, pues el pobre diablo cayó de su montura lanzando un grito de dolor.

—Mary, Mary, hija mía —gritó Tuck con dulzura—, ven conmigo bonita, ven.

Esta voz conocida hizo estirar las orejas al caballo: relinchó alegremente y trotó junto a su dueño.


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