Robin Hood
Robin Hood —¡Cómo, bribón! —gritó el jefe con furia—, ¡matas a mis hombres!
—Respetad a un miembro de la Iglesia —respondió Tuck dando en la cabeza del caballo montado por el jefe un violento bastonazo.
El animal saltó hacia atrás; el jefe vaciló y perdió los estribos.
—¿No ves el hábito que llevo? —prosiguió Tuck en un tono que intentaba fuera imponente.
—¡No! —rugió el jefe—. ¡No! No veo tu hábito sino tu insolente audacia. Sin respeto por el uno y sin gracia para lo otro, voy a partirte el cráneo.
El golpe de la lanza alcanzó a Tuck, y el dolor exasperó tan locamente al buen hermano que se lanzó sobre el jefe gritando con voz estentórea:
—¡A mà los Hood! ¡A mà los Hood! ¡A mÃ!
Los clamores de Tuck no asustaron al jefe. Su tropa, compuesta por unos cuarenta hombres, podÃa ayudarle a la menor señal, y por diestro y vigoroso que fuera el monje era un enemigo fácil de vencer.
—Atrás, bribón —gritó con voz terrible—. ¡Atrás! —Y su lanza rechazó a Tuck, mientras que, violentamente dirigido por su jinete, el caballo se arrojaba sobre el monje.
El benedictino dio un prodigioso salto, y, de un bastonazo formidable, partió la cabeza del jefe.