Robin Hood
Robin Hood Veinte lanzas y otras tantas espadas amenazaron la vida del intrépido monje.
—¡Socorro, los Hood! ¡Socorro! —vociferó Tuck aculándose como un león contra el tronco de un árbol.
—¡Hurra! ¡Hurra por los Hood! —gritaron furiosamente los hombres emboscados—. ¡Hurra!
Y la tropa mandada por Gilbert se lanzó como un solo hombre en auxilio del monje.
Viendo correr hacia ellos a este grupo armado y con intenciones hostiles, los soldados gritaron reagrupamiento, cubrieron el camino en toda su anchura y se prepararon para aplastar al enemigo bajo las patas de sus caballos.
Una lluvia de flechas restó efectividad a esta primera defensa, y media docena de soldados cayeron heridos de muerte en el campo de batalla.
Viendo que el número de enemigos era muy superior a su grupo, Gilbert ordenó situarse en la cuneta del camino para tener de su parte la oscuridad y la barrera de los árboles.
Esta hábil maniobra hacÃa de los soldados blanco fácil de las flechas, pues los hombres del bosque no fallaban, tanta precisión y destreza les habÃa dado la costumbre.
—¡Pie a tierra! —gritó el hombre que, por propia autoridad, habÃa ocupado el sitio del jefe.