Robin Hood

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Los cruzados obedecieron y el grupo de Gilbert se abalanzó valerosamente sobre ellos. Se entabló entonces un combate cuerpo a cuerpo, una lucha homicida en la que la fuerza era el arma reina.

A pesar de todos los esfuerzos, a pesar del particular valor de cada uno y de la fuerza combinada de una resistencia general, la victoria se inclinaba visiblemente de lado de los soldados del barón. Esta tropa, muy disciplinada, inmune a la fatiga y con dobles efectivos que la de los guardabosques, ganaba por momentos el terreno que había perdido al entablarse el combate. Pequeño Juan, de una ojeada, juzgó la situación casi desesperada, y desde el momento en que el derramamiento de sangre no era más que una inútil carnicería, había que detener la lucha. Pero no atreviéndose a obrar sin autorización de Gilbert, el joven se lanzó en su busca.

Las proezas de William habían atraído sobre él la atención de cuatro soldados reunidos en consejo para apoderarse de un jefe enemigo. Juzgaron que entre los jefes se encontraba el tierno enamorado de la linda Maude, y, a pesar de su enérgica resistencia, lograron derribarle. Robín vio el resultado del ataque, y, sin consultar más que con su buen corazón, atravesó con una lanza el pecho de un hombre, levantó a William con mano vigorosa, y, apoyado por su amigo, intentó una retirada victoriosa hacia donde estaban los suyos, ya reunidos por Pequeño Juan.


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