Robin Hood

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El peligro corrido por Will parecía conjurado; ya iba, sostenido por Robín, a llegar al grupo amigo que formaba una barrera contra los soldados. Pero un grito de Robín, un grito de furiosa despreocupación, hizo perder de vista al joven a los soldados que no habían sucumbido en la lucha.

—¡Mi padre, mi padre! —gritaba Robín—. ¡Van a matar a mi padre!

El joven arquero se abalanzó en socorro de Gilbert, y William, cogido de nuevo, arrastrado, sólo tuvo tiempo de ver a Robín arrodillado junto a Gilbert, cuyo cráneo había sido destrozado de un hachazo.

Entre los clamores levantados por la muerte del anciano y la pronta venganza que de ello tomó Robín matando al responsable, la desaparición de Will pasó desapercibida.

El combate, aminorado un instante, se hizo más terrible. Robín y Tuck golpeaban mortalmente a todos los que intentaban alcanzarles, y Pequeño Juan aprovechó la desesperada embriaguez del joven para hacer retirar el cuerpo de Gilbert.

Un cuarto de hora después de la partida del triste cortejo, Robín gritó con fuerza:

—¡Al bosque, muchachos!

Los guardabosques se dispersaron como una bandada de pájaros sorprendidos, y los soldados se lanzaron tras ellos gritando:


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