Robin Hood

Robin Hood

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—¡Victoria! ¡Victoria! ¡Cacemos a los perros! ¡Matemos a los perros!

—Los perros no se dejarán matar sin morder —gritó Robín, y los tensados arcos enviaron mortales flechas.

La peligrosa persecución muy pronto se hizo imposible, y los soldados tuvieron en buen sentido de darse cuenta.

Seis hombres faltaban en el grupo de Pequeño Juan, Gilbert Head había muerto, y William formaba parte de los desaparecidos.

—¡No abandonaré a William! —dijo Robín deteniendo al grupo—; continuad el camino, valientes; yo voy a buscar a Will; ¡herido, muerto o prisionero, debo encontrarle!

Los hombres continuaron su camino, y los dos jóvenes desandaron lo recorrido.

El campo de batalla no ofreció a sus miradas ningún resto de combate, los muertos, amigos o soldados, habían desaparecido todos. Algunos pisoteos de caballos indicaban por aquí y por allá el paso de una numerosa tropa, pero nada más: trozos de árboles, maderas de flechas y otros vestigios de la lucha, habían sido recogidos por los cruzados, se habían llevado todo.

Sin embargo, un ser vivo erraba por la encrucijada, lanzando a izquierda y derecha inteligentes miradas de inquieta búsqueda; este ser era el caballo del monje.


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