Robin Hood

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Tras haber observado a la muchedumbre con una mirada indiferente y tranquila, Pequeño Juan se acercó a su adversario.

—Estoy a tu disposición, señor normando —dijo.

—Y yo a la tuya —contestó Geoffroy.

Acompañados por una multitud tumultuosa, los dos adversarios salieron de la sala y se situaron frente a frente en medio de un gran césped cuya mullida alfombra venía a las mil maravillas para aquella circunstancia.

Los espectadores formaron un amplio círculo en torno a los dos combatientes, y un profundo silencio sustituyó al ruido.

Los dos hombres se observaron un momento con persistente fijeza. La cara de Pequeño Juan tenía una expresión tranquila y sonriente; la de Geoffroy dejaba traslucir, muy a pesar suyo, una vaga inquietud.

Simultáneamente, los dos hombres se dieron la mano, y un cordial apretón les unió un segundo.

La lucha comenzó. No la describiremos; únicamente diremos que no duró mucho. A pesar de sus desesperados esfuerzos y de su enérgica resistencia, Geoffroy perdió el equilibrio, y con un movimiento impulsado por una fuerza inaudita y de una destreza inigualable, Pequeño Juan lanzó a su adversario por encima de su cabeza, y le envió a veinte pasos.


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