Robin Hood

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El soldado, exasperado por esta vergonzosa derrota, se incorporó al ruido de los alegres clamores de todos los asistentes, que gritaban lanzando sus gorros al aire:

—¡Hurra! ¡Hurra por el guardabosque!

Los vivas entusiastas de la multitud celebraron la triunfal proeza de Juan, y la cerveza corrió en su honor.

—Sin rencor, valiente soldado —dijo Juan tendiendo la mano a su adversario.

Geoffroy rechazó la amistosa oferta que le hacía, y dijo amargamente:

—No necesito ni la ayuda de vuestro brazo ni las ofertas de vuestra amistad, señor, y os insto a que seáis menos orgulloso en vuestros modales. No soy hombre que soporte tranquilamente la vergüenza de una derrota, y si no me llamasen mis deberes de servicio al castillo de Nottingham, os devolvería uno por uno los golpes recibidos.

—Vamos, vamos, valiente amigo —dijo Pequeño Juan apreciando el valor del soldado—, no seas rencoroso ni estés descontento. Has sucumbido ante una fuerza superior a la tuya: no es tan grave, y estoy seguro de que encontrarás la forma de levantar tu reputación de fuerza, de sangre fría y destreza. Acepta la mano que te ofrezco, te la tiendo con lealtad y franqueza.


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