Robin Hood
Robin Hood Estas palabras, pronunciadas con total sinceridad y nobleza, parecieron emocionar al rencoroso normando.
—Aquà está mi mano —dijo dándosela al joven—; pide a la tuya un apretón de amigo. Ahora, valiente joven —añadió Geoffroy con la voz dulcificada—, concédeme el honor de conocer el nombre de mi vencedor.
—Por el momento no puedo hacerlo, Geoffroy; más tarde me daré a conocer.
—Esperaré hasta que gustes, forastero.
—Y ahora adiós, los asuntos que me trajeron a Nottingham exigen mi marcha.
—¡Cómo!, ¿ya me dejas, noble guardabosque? No lo permitiré, y te voy a acompañar a donde tengas que ir.
—Te ruego, soldado, que me permitas reunirme con mi compañero, he perdido ya un tiempo precioso.
La nueva marcha de Pequeño Juan corrió de boca en boca, y levantó un verdadero tumulto.
Veinte voces dijeron:
—Forastero, te seguiremos, queremos proclamar por todas partes tu grandeza de alma y tu valentÃa.
Poco deseoso de recibir los testimonios de esta repentina popularidad, Pequeño Juan, que veÃa acercarse con temor la hora fijada para la cita con RobÃn, dijo a Geoffroy:
—¿Quieres prestarme un servicio?
—De todo corazón.