Robin Hood
Robin Hood —¡Bien!, pues ayúdame a librarme de estos borrachos charlatanes. Quiero poder alejarme sin llamar la atención.
—Con gusto —respondió Geoffroy, y añadió tras reflexionar un momento—: Para lograrlo sólo hay un medio.
—¿Cuál?
—Este: acompáñame al castillo de Nottingham, no se atreverán a seguirnos más allá del puente levadizo. Desde el interior te conduciré a un camino desierto que, por una desviación, te llevará de nuevo a la entrada del pueblo.
—¡Cómo! —exclamó Pequeño Juan—, ¿no existe otro medio para librarme de la compañÃa de estos imbéciles?
—Yo no veo otro. No conoces, amigo, la idiota vanidad de estos charlatanes; te formarÃan un cortejo.
Muy a pesar suyo, Pequeño Juan se vio obligado a seguir el consejo que le daba Geoffroy.
—Acepto tu proposición —le dijo—; alejémonos sin demora.
—Estoy con vos en un momento. Amigos mÃos —gritó Geoffroy—, debo volver al castillo; este digno forastero me acompañará. Os ruego que nos dejéis partir.
Dicho esto, Geoffroy salió de la sala, y un formidable viva acompañó a Pequeño Juan hasta el umbral de la puerta.