Robin Hood

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Así fue como Pequeño Juan penetró en la señorial morada del barón Fitz-Alwine.

Tras haber dejado a Pequeño Juan, Robín se dirigió a casa de Grace May.

—Señorita —le dijo Robín—, soy un amigo de Halbert Lindsay, y deseo verle.

Robín se inclinó cortésmente ante Grace y penetró con ella en un amplio salón de la planta baja.

—¿Habéis comido, señor?

—Sí, señorita, os lo agradezco.

—Permitidme ofreceros un vaso de cerveza, la tenemos excelente.

La conversación se prolongó durante una hora.

—Me parece —dijo Robín— que Hal se hace esperar.

Al fin sonó un golpe en la puerta; se oyó la canción de Robín, y Grace se dirigió rápidamente al encuentro del recién llegado.

La presencia de Robín no impidió a la petulante señorita el regañar a Hal por su tardanza, y de abrazarle con cierto enojo.

—¡Cómo, tú aquí, Robín! —exclamó Hal—. ¿Y Maude, mi querida hermana Maude? Dame noticias de su salud.

—Maude no está muy bien.

—Iré a verla. ¿Es grave lo que tiene?

—En absoluto.


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