Robin Hood

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«¿A quién dispara? —se preguntó Robín—. ¿Estará tratando de dar a un amigo un susto como el que yo di esta mañana al viejo Gilbert? El juego no es de los más fáciles. Pero no veo nada en el sitio a donde apunta; sin embargo, él sí debe ver algo, porque está preparando la tercera flecha».

Robín iba a abandonar su escondite para tratar de ver al desconocido y mal tirador cuando, apartando sin querer algunas ramas de un haya, vio, detenidos en el extremo del sendero y en el lugar donde el camino de Mansfeldwoohaus forma un codo, a un caballero y una joven dama que parecían muy inquietos, y dudaban si debían volver grupas o afrontar el peligro. Los caballos resoplaban y el caballero paseaba su mirada por todos lados a fin de descubrir al enemigo y hacerle frente, al mismo tiempo que se esforzaba en calmar el terror de su acompañante.

De pronto la joven dio un grito de angustia y cayó casi desvanecida: una flecha acababa de incrustarse en el pomo de su silla.

Sin duda alguna, el hombre que estaba escondido era un vil asesino.

Presa de una generosa indignación, Robín escogió en su carcaj una de sus más agudas flechas, blandió su arco y apuntó. La mano izquierda del asesino quedó clavada en la madera del arco que amenazaba de nuevo al caballero y su compañera.


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