Robin Hood
Robin Hood —Querido Hal, mi temor era una chiquillada; sé que eres prudente y que sabes guardar un secreto. El objeto de mi viaje era encontrarme primero contigo y pedirte datos sobre los prisioneros que se encuentran en el castillo. Sin duda sabes lo que pasó anoche en el bosque de Sherwood.
—SÃ, lo sé; el barón está furioso.
—Peor para él. Pero volvamos a los prisioneros: entre ellos se encuentra un muchacho al que quiero salvar a cualquier precio, William Escarlata.
—¡William! —exclamó el joven—, ¿y cómo estaba entre los proscritos que atacaron a los cruzados?
—Mi querido Hal —respondió RobÃn— no hubo tal encuentro con proscritos, sino con hombres valerosos que se equivocaron y creyeron atacar, no a unos cruzados, sino al barón Fitz-Alwine y a sus soldados.
—¡Erais vosotros! —exclamó el pobre Hal penosamente sorprendido.
RobÃn hizo un signo afirmativo.
—Entonces ya entiendo todo: es de tu destreza de la que hablan los cruzados cuando dicen que un hombre de la banda enviaba la muerte con cada una de sus flechas. ¡Ay, mi pobre RobÃn, el resultado de esta batalla ha sido triste para vosotros!
—SÃ, Hal, muy desgraciado —contestó RobÃn con tristeza—, porque mi pobre padre murió.