Robin Hood

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«Este Geoffroy puede tener buenas intenciones, pero yo no creo ni en su honradez ni en su benevolencia».

Pequeño Juan salió del cuarto, y, sin otro guía que el azar, se dirigió hacia una galería que probablemente le llevaría hacia las murallas.

Tras haber recorrido multitud de corredores y pasadizos completamente desiertos durante más de media hora, llegó frente a una puerta. La abrió y vio a un anciano inclinado sobre un cofre en el que amontonaba cuidadosamente bolsas llenas de monedas de oro. Absorto en sus cálculos, no se dio cuenta de la insólita presencia de Pequeño Juan.

Éste se preguntaba qué respuesta daría a la inevitable pregunta del viejo, cuando éste diose cuenta de la presencia de su gigantesco visitante. Una expresión de espanto se dibujo en su rostro; dejó caer uno de los sacos, y el oro, cayendo contra el suelo, sonó de una forma que hizo temblar a su propietario.

—¿Quién sois? —preguntó con voz temblorosa—. Prohibí que se entrara en mis aposentos; ¿que me queréis?


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