Robin Hood
Robin Hood El barón se encontraba en una situación muy peligrosa y por culpa suya. Por lo general, un grupo de hombres velaba por su seguridad, ya junto a sus aposentos ya a corta distancia. Pero aquel día, deseoso de estar solo a fin de colocar en secreto la prodigiosa cantidad de oro amontonado en sus cofres (en esta época no existían banqueros), había alejado a sus guardianes y prohibido, bajo cualquier pretexto, que se entrase en la sala. Convencido con desesperación de su soledad, el barón no se atrevía a contravenir la prohibición de Pequeño Juan, y con la garganta llena de clamores de espanto, guardaba un profundo silencio.
—Estoy dispuesto a responder a vuestra demanda —dijo dejando su asiento.
—Obráis, os lo aseguro, acertadamente —contestó el joven—, y si queréis posponer la visita que debéis a Satanás, salgamos rápido de este cuarto. ¡Ah!, algo más —añadió Pequeño Juan.
—Decid —gimió el barón.
—¿Dónde está vuestra hija?
—¡Mi hija! —exclamó Fitz-Alwine en el colmo de la extrañeza—, ¡mi hija!
—Sí, vuestra hija; lady Christabel.
—Verdaderamente, me hacéis una extraña pregunta.
—¡Eso no importa! Contestad con franqueza.
—Lady Christabel está en Normandía.
—¿En qué parte de Normandía?