Robin Hood

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Por debajo de la galería en la que se encontraban nuestros dos personajes se oyó repentinamente el ruido que revelaba que pasaban varios hombres. Sólo una escalera separaba a lord Fitz-Alwine de este socorro providencial; inmediatamente, aprovechando la distracción de Juan, ocupado en darse cuenta del lugar a que iban a parar las profundidades de esta galería, se lanzó con una agilidad extraordinaria para su edad hacia la puerta que daba a la escalera. Llegó allí, y justo en el momento en que iba a bajar los escalones de cuatro en cuatro, sintió que una mano de hierro se aferraba a su hombro. El desdichado viejo lanzó un estridente grito y se precipitó por los escalones. Impasible, y contentándose con apresurar el paso, Pequeño Juan siguió al barón, cuya insensata carrera era cada vez más rápida. Empujado por la esperanza de encontrar ayuda, el barón prosiguió locamente su carrera, lanzando gritos, pidiendo socorro. Pero estos gritos entrecortados se quedaban sin eco y se perdían en la inmensa soledad de las galerías. Por fin, tras un cuarto de hora de desarrollo de esta extraña huida, el barón llegó a una puerta; la empujó con tanta fuerza que las dos hojas se abrieron, y fue a caer en los brazos de un hombre que se había abalanzado hacia él.

—¡Salvadme, salvadme, al asesino! —gritaba el barón—; ¡cogedle! ¡matadle!


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