Robin Hood
Robin Hood —¡Es imposible! —exclamó Pequeño Juan.
—Es cierto —contestó RobÃn Hood—; Hal acaba de enterarse y os buscábamos para sacaros de la boca del lobo.
Al oÃr pronunciar el nombre de Halbert el barón levantó la cabeza, lanzó una mirada furtiva hacia el joven, y, enterado de la fidelidad del joven, volvió a adoptar su postura de vencido, rumiando para sà mil imprecaciones contra el pobre Hal.
El movimiento del barón no pasó desapercibido para Halbert.
—RobÃn —dijo—, Su SeñorÃa acaba de echarme una mirada que no me promete grandes recompensas por la amistad que os manifiesto.
—Claro que no —murmuró sordamente Fitz-Alwine—, y no olvidaré tu traición.
—Pues bien, mi querido Hal —respondió RobÃn—, ya que vuestra estancia aquà se ha hecho imposible y puesto que nuestra presencia en el castillo es inútil, vámonos juntos.
—Esperad —añadió Pequeño Juan—, creo prestar un gran servicio al condado librándole para siempre de la imperiosa dominación de este maldito normando. Voy a mandarlo con Satanás.
Esta amenaza hizo dar un respingo al barón, que se irguió instantáneamente sobre sus delgadas piernas.
Hal y RobÃn fueron a cerrar las puertas.