Robin Hood
Robin Hood —Barón Fitz-Alwine —dijo Pequeño Juan con gravedad— voy a obrar según las leyes que rigen nuestros bosques: vais a morir.
—¡No! ¡No! —gimió Su SeñorÃa.
—Os ruego que escuchéis, señor barón. Hablo sin cólera. Hace seis años hicisteis quemar la casa de este joven; su madre fue asesinada por uno de vuestros soldados. Sobre el cuerpo de esa pobre mujer juramos castigar a su asesino.
—¡Tened piedad de mÃ! —gimió el anciano.
—Pequeño Juan —dijo RobÃn—, perdonad a este hombre por la angélica criatura que le da el nombre de padre. Milord —añadió RobÃn volviéndose hacia el barón—, prometedme otorgar a Allan Clare la mano de la que ama y salvaréis la vida.
—Os lo prometo.
—¿Mantendréis vuestra palabra? —preguntó Pequeño Juan.
—SÃ.
—Dejadle vivir, Juan; el juramento que acaba de hacer está registrado en el cielo; si falta a él, habrá condenado su alma.
—¿No os dais cuenta de que ya está medio muerto de miedo?
—SÃ, sÃ, pero apenas estemos a cien pasos de aquà nos hará perseguir por toda su tropa. Debemos impedir ese peligroso desenlace.