Robin Hood
Robin Hood Persuadido de que iba a caer sobre el pueblo como haría un ave rapaz sobre un inocente pajarillo, el jefe normando ordenó a sus hombres que aumentaran la velocidad. Obedecieron y, con paso vivo, subieron la colina.
Apenas hubieron alcanzado la cima, una lluvia de flechas, de dardos y de piedras, les cubrió de los pies a la cabeza. La extrañeza de los soldados fue tan grande que una segunda andanada de flechas les alcanzó antes de que hubiesen pensado en responder.
La caída de tres o cuatro soldados mortalmente heridos hizo lanzar a los normandos un grito de indignación; vieron entonces las barricadas, se lanzaron sobre la primera y cargaron con furor.
Recibidos valientemente y rechazados por los sajones, invisibles tras sus escondrijos, los soldados comprendieron que no tenían otra solución que combatir con coraje. Lograron apoderarse de la primera barricada, pero tras ésta había una segunda; una tercera les volvió a detener. Ya habían perdido varios hombres, y para colmo no podían ver si acababan con algunos de sus enemigos. Los sajones, la mayoría de los cuales eran expertos arqueros, no fallaban nunca el blanco, y sus flechas sembraban la destrucción en el pequeño ejército.