Robin Hood

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No hay que pensar sin embargo que sir Guy creyera en el éxito de su defensa, sabía que era peligrosa e inútil, pero el noble y valiente sajón no quería rendirse sin combate.

Robín era el alma del pequeño ejército. Supervisaba los trabajos, animaba a los campesinos, fabricaba armas, se multiplicaba. El pueblo de Gamwell, en otro tiempo tan tranquilo, estaba ahora lleno de animación y de vida; el terror había hecho sitio al entusiasmo, y los apacibles habitantes se mostraban orgullosos y felices por entrar en lucha abierta con los normandos.

El enemigo se hizo esperar diez días.

Por fin, uno de los vigías que habían sido colocados en el bosque, llegó anunciando que se acercaba una tropa a caballo.

La noticia corrió de boca en boca, se tocó a rebato y los campesinos fueron como un solo hombre a los puestos que les habían sido asignados. Tras las barricadas, permanecieron silenciosos, con las armas prestas, atentos para seguir con la mirada la rápida marcha del enemigo.

La tropa normanda se componía de unos cincuenta hombres, los habitantes del pueblo eran cien; como se ve, la fuerza de estos últimos era superior a la de los enemigos, y además su posición era excelente.


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