Robin Hood
Robin Hood —Gracias, mi bienamada Mariana; y ahora, adiós —añadió Robín conteniendo unas lágrimas que bañaban sus párpados.
Enlazada por los brazos de su desdichado amigo, la joven sintió que las fuerzas la abandonaban al pronunciarse la palabra adiós. Escondió su llorosa cara en el hombro de Robín y sollozó tristemente.
Durante algunos minutos, los dos jóvenes permanecieron así, mudos, transportados. Finalmente una voz que llamaba a Mariana les arrancó de este último abrazo.
Bajaron, y Mariana, vestida ya de amazona, montó en el caballo que tenía preparado.
Transcurrió una semana. Cada día de ella, de ansiosa espera, se dedicó a fortificar Gamwell. Los habitantes del pueblo vivían en las torturas del temor, pues cada hora les traía el miedo del día siguiente. Fueron colocados centinelas alrededor del «hall» y bajo la dirección de Robín se levantaron dos líneas de barricadas que debían servir, si no para detener la marcha del enemigo, sí al menos para oponer a su avance una seria defensa. Estas barricadas, de la altura de un hombre, permitían a los campesinos mantenerse al abrigo de las flechas enemigas, dándoles la oportunidad de apuntar hacia donde debían dirigir sus propios golpes.