Robin Hood
Robin Hood —Tenéis confianza en mÃ, ¿verdad? ¿Verdad que tenéis una fe entera, completa, absoluta, en la sinceridad de mi amor, en la tierna abnegación de mi devoción?
—Soy vuestra mujer ante Dios, RobÃn, y vuestra vida será la mÃa. Ahora, permitidme haceros algunas recomendaciones. Cada vez que podáis enviarme noticias vuestras con seguridad, mandadme un mensaje, y si os es posible venir a verme, venid, me haréis muy dichosa. Mi hermano volverá junto a nosotros, y con él lograremos revocar el cruel decreto que os condena.
RobÃn sonrió con tristeza.
—Querida Mariana —dijo—, no debéis alentar en el corazón una esperanza tan quimérica. No espero nada del rey. Me he trazado una lÃnea de conducta y he tomado la firme resolución de no apartarme de ella. Si oÃs hablar mal de mÃ, Mariana, cerrad vuestros oÃdos a la calumnia, pues, por nuestra santa madre, os juro que mereceré siempre vuestra estima y vuestra amistad.
—¿Qué podrÃa oÃr decir malo de vos, RobÃn, y qué proyectos tenéis?
—No me preguntéis, Mariana, creo que mis intenciones son honestas; si el porvenir demuestra que no lo son, seré el primero en reconocer mi error.
—Sé que sois leal y valeroso, RobÃn, y rogaré a Dios para que os asista en todo.