Robin Hood
Robin Hood —¡Ay, RobÃn! —contestó con tristeza la joven—, estoy tan poco acostumbrada a la alegrÃa que ni siquiera puedo creer firmemente en la esperanza de un feliz acontecimiento.
—Estáis equivocada, amiga mÃa. Vamos, olvidad el pasado y tratad de adivinar mis buenas noticias.
—¡Oh, querido RobÃn! —exclamó la joven—, vuestras palabras me hacen presentir una felicidad inesperada, habéis sido perdonado, ¿verdad? ¿Sois libre ya y no tenéis que esconderos de la vista de los hombres?
—No Mariana, no, sigo siendo un pobre proscrito; no querÃa hablar de mÃ.
—¿Entonces de mi hermano, de mi querido Allan? ¿Dónde está, RobÃn? ¿Cuándo vendrá a verme?
—Pronto, espero —respondió RobÃn—; recibà noticias suyas por medio de un hombre que se ha unido a mi banda. Este hombre, hecho prisionero por los normandos en la época fatal de nuestro encuentro con los cruzados en el bosque de Sherwood, fue obligado a entrar al servicio del barón Fitz-Alwine. El barón llegó ayer con lady Christabel al castillo de Nottingham. Naturalmente el sajón obligado a ser soldado ha vuelto con él, y su primer pensamiento ha sido unirse a nosotros. Me ha informado de que Allan Clare tenÃa un cargo distinguido en el ejército del rey de Francia, y que estaba a punto de obtener un permiso para venir a pasar unos meses en Inglaterra.