Robin Hood
Robin Hood —Padre —dijo el joven en voz baja—, cuidad de ocultar a los viajeros que están arriba la presencia de este herido en nuestra casa. Más tarde sabréis por qué. Sed prudente.
El anciano dejó a RobÃn y fue junto al herido. Un instante después, éste lanzó un prolongado grito de dolor.
—¡Ah! maese RobÃn, ya tenemos otra de tus obras maestras —dijo Gilbert corriendo al lado de su hijo y reteniéndole en el preciso momento en que éste iba a transponer el umbral de la puerta.
—¿Qué pasa? —replicó el joven lleno de respetuosa indignación—. Creéis que…
—SÃ, creo que eres tú quien ha clavado la mano de este hombre al arco; en el bosque no hay nadie más que tú capaz de tal destreza. Mira, el hierro de esta flecha te delata; tiene nuestra marca… ¡Ah! espero que ya no negarás tu falta.
Y Gilbert le enseñaba el hierro de la flecha que habÃa arrancado de la herida.
—¡Pues bien!, sÃ, padre mÃo, fui yo quien hirió a este hombre —respondió frÃamente RobÃn.
La expresión del anciano se hizo severa.
—Es algo horrible y criminal, amigo; ¿no estás avergonzado de haber herido tan peligrosamente, por fanfarronerÃa, a un hombre que no te hacÃa ningún daño?