Robin Hood

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Llegada la noche y cerradas las puertas, nuestros personajes se sentaron a la mesa e hicieron honor al talento culinario de la buena Margarita. El principal plato era un cuarto de venado asado; maese Robín resplandecía de alegría, él había matado ese cervatillo ¡y ella se dignaba encontrar la carne deliciosa al paladar!

Repentinamente un silbido prolongado que salía de la habitación ocupada por el enfermo, atrajo las miradas de los comensales hacia la escalera que conducía al piso de arriba, y apenas se desvaneció en el aire el silbido, una respuesta semejante retumbó a cierta distancia, en el bosque. Nuestros seis comensales se estremecieron, uno de los perros guardianes lanzó aullidos de inquietud, y el silencio más absoluto volvió a enseñorearse de los alrededores y del hogar del guarda.

—Aquí ocurre algo inusitado —dijo Gilbert—, y mucho me extrañaría que no hubiera en el bosque algunos personajes de esos que no sienten el menor escrúpulo en hurgar los bolsillos ajenos.

—¿Suelen llegar hasta aquí los ladrones? —preguntó Allan.

—A veces.

Mariana, al oír estas palabras, tembló de terror y se acercó a Robín involuntariamente. Robín quiso tranquilizarla, pero la emoción le dejó sin voz, y Gilbert, dándose cuenta de los temores de la joven, dijo sonriendo:


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