Robin Hood
Robin Hood —Tranquilizaos, noble señorita, tenemos a vuestro servicio valerosos corazones y buenos arcos, y si los «outlaws» osan aparecer huirán como lo han hecho tantas veces, sin llevarse como botÃn otra cosa que una flecha más abajo de sus chaquetas.
—Gracias —dijo Mariana.
RobÃn iba a proseguir con palabras tranquilizadoras cuando se oyó un violento golpe en la puerta exterior de la habitación; el edificio tembló, los perros echados ante el fuego brincaron ladrando, y Gilbert, Allan y RobÃn se abalanzaron hacia la puerta mientras que Mariana se refugiaba en los brazos de Margarita.
—¡Hola! —gritó el guarda—. ¿Qué grosero visitante se atreve a destrozar asà mi puerta?
Un segundo golpe aún más violento que el primero fue la respuesta; Gilbert repitió su pregunta, pero los furiosos ladridos de los perros hicieron todo diálogo imposible, sólo a duras penas se oyó al fin una voz sonora dominando el tumulto y pronunciando esta fórmula sacramental:
—¡Abrid, por el amor de Dios!
—¿Quién sois?
—Dos monjes de la orden de san Benito.
—¿Qué queréis?
—Abrigo durante la noche y algo de comer; nos hemos extraviado en el bosque y estamos muertos de hambre.