Robin Hood
Robin Hood —Sin embargo tu voz no es la de un moribundo; ¿cómo quieres que sepa si estás diciendo la verdad?
—¡Pardiez!, abriendo la puerta y mirándonos —respondió la misma voz en un tono al que la impaciencia hacÃa menos humilde—. Vamos, obstinado guardabosque, ¿vas a abrirnos? Nuestras piernas se doblan y nuestros estómagos gritan.
Gilbert consultaba con sus huéspedes y dudaba cuando otra voz, una voz de anciano tÃmida y suplicante intervino.
—¡Por el amor de Dios!, abrid, buen guardabosque; os juro por las reliquias de nuestro santo patrón que mi hermano os ha dicho la verdad.
—Bueno, después de todo —dijo Gilbert de forma que le oyesen fuera- estamos aquà cuatro hombres, y con la ayuda de nuestros perros daremos buena cuenta de esa gente sean quienes sean. Voy a abrir. ¡RobÃn, Lincoln, sujetad un momento a los perros, los soltaréis si los malhechores nos atacan!