Robin Hood

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Los hombres de fuera, sorprendidos por la caída inesperada de su compadre, huyeron hacia el bosque, y Robín bajó a contar la aventura. Primero hubo risas, pero tras ellas llegó la reflexión; Gilbert indicó que los malhechores, repuestos de su sorpresa, atacarían de nuevo la casa; se prepararon otra vez para rechazarles y el viejo monje, el padre Eldred, propuso una oración general para invocar la protección del Altísimo.

Todavía se encontraban rezando cuando unos gemidos entremezclados con bruscos silbidos sonaron en el depósito; la víctima de Robín llamaba en su socorro a los que habían huido; éstos, avergonzados por su escapada, se acercaron sin hacer ruido, ayudaron al herido a salir del agua, le colocaron casi moribundo sobre el cobertizo y deliberaron sobre un nuevo plan de ataque.

—Vivos o muertos, tenemos que apoderarnos de Allan Clare y de su hermana —decía el jefe de esta banda de mercenarios—; son las órdenes del barón Fitz-Alwine, y preferiría desafiar al diablo o dejarme morder por un lobo rabioso antes que volver ante él con las manos vacías. De no ser por la torpeza del imbécil de Taillefer, ya habríamos regresado al castillo.



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