Robin Hood
Robin Hood —Ellos sólo son cuatro.
—Pero lo más difÃcil es entrar, porque la puerta parece estar sólidamente cerrada, y oigo gruñir a una jaurÃa de perros.
—No nos ocupemos de la puerta; más vale que permanezca cerrada durante el tumulto para que la dama y su hermano no se nos vuelvan a escapar.
—¿Qué vas a hacer entonces?
—¡Pardiez!, ayudaros a entrar por la ventana. Tengo disponible la mano derecha y voy a atar a esta baranda mis sábanas y mantas. Vamos, preparaos para subir trepando.
—¡Seguro! —gritó de pronto RobÃn; y cogiendo al bandido por las piernas intentó tirarlo fuera.
La indignación, la cólera, el ardiente deseo de conjurar los peligros que amenazaban la vida de sus padres y la libertad de la bella Mariana, centuplicaron las fuerzas del muchacho. En vano intentó el bandido resistirse a un impulso tan brusco; tuvo que ceder y, perdiendo el equilibrio, desapareció en el aire para caer no sobre la tierra, sino en el depósito lleno de agua que se hallaba bajo la ventana.