Robin Hood
Robin Hood Allan reía mientras se guardaba de las acometidas del monje; sin embargo, al ver algunas gotas de sangre que caían por debajo del hábito del monje y enrojecían el césped, comprendió que la cólera de su adversario estaba más que justificada y pidió gracia inmediatamente. El monje interrumpió entonces sus molinetes gruñendo sordamente y manifestando todos los síntomas de un vivo dolor; llevando su mano detrás, a la parte baja del hábito, respondió al joven arquero, que preguntaba las causas de la disputa:
—Las causas están aquí, y es una vergüenza, un crimen, el turbar las devociones de un santo varón como yo hundiéndole una punta de lanza en un lugar en que no se encuentra hueso.
Allan había despertado al monje pinchándole bajo los riñones con la punta de su lanza; por supuesto, había querido reírse y no herir hasta hacer sangre al pobre Tuck; por eso pidió perdón, y, concluida la paz, el grupo reemprendió el camino de Nottingham. En menos de una hora alcanzaron la ciudad y subieron la colina en cuya cima se levantaba el castillo feudal.
—Me abrirán la puerta del castillo en cuanto pida hablar con el barón —dijo Allan—, ¿pero qué excusa daréis para seguirme vosotros, amigos míos?