Robin Hood
Robin Hood —No os inquietéis por eso, señor —respondió el monje—. Hay en el castillo una joven de la que soy confesor, el padre espiritual; esta joven hace que suban el puente cada vez que quiere, y, gracias a su autoridad, puedo entrar en el castillo lo mismo de noche que de dÃa; tened cuidado, caballero.
—Seré a la vez respetuoso y firme.
—¡Que Dios os ilumine!, pero ya hemos llegado ¡cuidado! —Y, con una voz estentórea, el monje gritó—: ¡Que la bendición de mi venerado patrón, el gran san Benito, os proporcione toda la suerte de venturas a ti y a los tuyos, maese Hubert Lindsay, guardián de las puertas del castillo de Nottingham! Déjanos entrar; acompaño a dos amigos: uno desea conversar con tu señor sobre cosas muy importantes; el otro necesita reponerse, descansar, y yo, si tú lo permites, daré a tu hija los consejos espirituales que reclama el estado de su alma.
—¿Cómo, sois vos, alegre y honrado Tuck, la perla de los monjes de la abadÃa de Linton? —respondieron desde el interior con cordialidad—. Sed bienvenidos vos y vuestros amigos, mi querido «gentleman».
Inmediatamente bajó el puente levadizo y los viajeros penetraron en el castillo.