Robin Hood
Robin Hood —El barón ya se ha retirado a sus aposentos —contestó maese Hubert Lindsay, el encargado de las llaves, a Allan, el cual querÃa ser conducido sin demora junto al barón—, y si lo que tenéis que decir a milord no es cosa de paz, os aconsejarÃa retrasar esta entrevista hasta mañana, pues el barón está poseÃdo esta tarde de una violenta cólera.
—¿Está enfermo? —preguntó el monje.
—Tiene su gota en un hombro y sufre como un condenado.
—Sus furores no me inquietan —dijo Allan—, quiero verle inmediatamente.
—Como deseéis, señor. ¡Eh! Tristán —gritó el guardián a un criado que cruzaba el patio—, dime cómo va el humor de Su SeñorÃa.
—Sigue igual: grita y ruge como un tigre.
Tristán prosiguió su camino seguido por Allan, mientras que el anciano portero decÃa riendo:
—El pobre Tristán sube la escalera de la habitación del barón con la misma alegrÃa que si se tratara de la de un cadalso. ¡Por la santa misa! su corazón debe tocar retirada. Pero pierdo aquà mi tiempo, amigos, y debo pasar revista a los centinelas situados en las murallas. Hermano Tuck, encontrarás a mi hija en el «office», ve allÃ, y, si Dios quiere, me uniré a vosotros antes de una hora.
—Muchas gracias —dijo el monje.