Robin Hood
Robin Hood Y, seguido de Robín, se metió por un laberinto de corredores, galerías y escaleras en las que Robín se hubiese extraviado mil veces. El hermano Tuck, bien al contrario, conocía al detalle los lugares: la abadía de Linton no le era más familiar que el castillo de Nottingham, y con la suficiencia y el aplomo de un hombre satisfecho de sí mismo y orgulloso de ciertos derechos adquiridos desde hacía mucho tiempo, llamó a la puerta del «office».
—Entrad —dijo una voz juvenil y fresca.
Entraron, y, al ver al imponente monje, una preciosa niña de dieciséis o diecisiete años, en lugar de asustarse, se adelantó vivamente hacia ellos y les acogió con una sonrisa simpática y amistosa.
«¡Vaya, vaya!, —pensó Robín—, así que ésta es la ingenua penitente del santo monje. ¡Por mi fe! esta hermosa muchacha con los ojos chispeantes de alegría y los labios rojos y sonrientes, es la cristiana más bonita que yo haya visto nunca!».
Maude trataba al hermano Tuck mucho más como enamorado que como director espiritual; confesemos también que las actitudes del hermano eran bastante poco canónicas.
Robín se fijó en esto, y mientras hacían honor a los refrescos y a los víveres con que Maude había llenado la mesa, insinuó con aire cándido que el monje no era lo más parecido a un confesor temido y respetado.