Robin Hood

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Robín y Tuck obedecieron, dejando muy a pesar suyo a la preciosa Maude sola y triste en el «office».

Tras haber atravesado interminables galerías y una sala de armas, el soldado llegó ante una gran puerta de roble sólidamente cerrada y dio tres fuertes golpes en ella.

—Entrad —gritaron bruscamente.

—Seguidme de cerca —dijo el sargento a Robín y a Tuck.

—Entrad de una vez, bellacos, bandidos, carne de horca; entrad —repetía con voz de trueno el viejo barón—. Entrad, Simón.

El sargento abrió por fin la puerta.

—¡Ah! ¡Aquí estáis, bribones! ¿En qué has estado perdiendo el tiempo desde que te envié en su busca? —dijo el barón lanzando miradas fulminantes sobre el jefe de la pequeña tropa.

—Si place a Vuestra Señoría, yo…

—¡Mientes, perro! ¿Cómo osas excusarte después de haberme hecho esperar durante tres horas?

—¿Tres horas? Milord se confunde, apenas hace cinco minutos que me dio la orden de conducir aquí a esta gente.

—¡Insolente esclavo! Se atreve a desmentirme. ¡Silencio, bribón! Ya he oído bastante. Salid de aquí!

El sargento ordenó media vuelta a sus hombres.

—¡Esperad!


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